Piedra OnLine

domingo, 18 de junio de 2017

Despedirse de los hijos a los 12 años, la dura realidad de los parajes






Los chicos que viven en Colan Conhue tienen que partir en cuanto terminan séptimo grado a Maquinchao o Jacobacci, para hacer el secundario en una residencia.


Por: Beronica Bonachi/ Fotos: Hebe Rajneri.-

“Ya está llorando otra vez”, se queja el marido de Miriam. Pero Miriam no lo puede evitar: llora. Su hija Gabriela, que tiene 16 años, se fue de la casa a los 12 para hacer el secundario en Maquinchao, donde funciona una residencia para estudiantes. Y desde entonces, la extraña. “No hay secundario en Colan Conhue”, explica la mujer.

Miriam tiene 46 años y dos hijos más. Sabe, como todas las madres de este paraje, que debe prepararse para que a los 12 o 13 años los chicos se vayan 160 kilómetros al sur, para seguir con los estudios. Y debe prepararse también, para verlos cada 15 días, si tiene suerte y alguien que la lleve hasta allá. “La llamo todos los días para ver cómo está”, agrega. “Y cuando termine el secundario dice que se quiere ir a Roca, a estudiar fotografía. Los chicos dicen que acá no tienen futuro”, se lamenta.

En las pocas calles que tiene Colan Conhue no hay adolescentes a la vista. Hay nenes que andan en bici, y otros que juegan a la pelota en la única cancha de fútbol, que forma parte del patio de la escuela primaria. También hay adultos. Entre unos y otros suman los algo más de 150 habitantes que tiene este paraje rionegrino. Pero los chicos, entre los 12 y los 17 años no forman parte de esa ecuación.

La razón es una sola: como en muchos de los parajes de la zona, no hay escuelas secundarias, así que los chicos tienen que, obligatoriamente, ir a estudiar a otro lugar.

“El mío no había cumplido los 12 cuando se fue. A veces no podía viajar cada 15 días y sólo lo veía dos veces al año”, cuenta Rosa, que tiene 4 hijos dos de los cuales dos ya están en Maquinchao. “Pero si no fuera por las residencias no hubieran podido estudiar. Y aunque nosotros los extrañamos, sabemos que están bien”.

“El día que se fue, se me partió el alma”, se suma Roxana, mamá de Lorena, Anahí y José. “Uno no está acostumbrada a que su hijo se vaya a los 12 años. La primera vez, el primer día que la dejé, pensé que me iba a morir”, cuenta, mientras recuerda el momento en que saludó a su hija para volverse junto a su marido a Colan Conhue.

Los chicos no tiene que llevar muchas cosas a esa residencia que será su casa durante los cinco años que dura el secundario. “Sólo los elementos de higiene personal”, cuentan las mamás. Allá, los chicos tienen todo: ahí desayunan, almuerzan, cenan y estudian.

Hay tres residencias disponibles para los habitantes de Colan Conhue: dos en Maquinchao, y una un poco más cerca, en Jacobacci.

“Es un lugar tranquilo y esa es la tranquilidad que uno tiene. Además, los primeros tiempos, ellos ven todo nuevo y les cuesta menos adaptarse. En cambio, uno no se adapta nunca, porque sabés que ahí van a crecer. Y que se vuelven más independientes y ya no vuelven”, piensa Roxana.

Algo de eso hay. La mayoría de las familias consultadas hicieron ese camino: acompañaron a sus hijos de 12 años hasta la residencia en Maquinchao o en Jacobacci, y luego los vieron seguir de largo rumbo a algún trabajo en alguna ciudad o camino a la universidad .

Es el caso de Ana Inés. Su hija, Ayelén, estudia derecho en la Universidad Nacional del Comahue, en Roca. Pero antes, hizo el secundario en Maquinchao (ver aparte). Ana no se acostumbra a la idea de haber dejado de vivir con su hija a los 12 años. Y de hecho, está pensando seriamente en la posibilidad de mudarse a Roca para que el más pequeño de la casa, Nehuen, haga el secundario en el CET 1 el año próximo. “Me gusta la idea de que la familia vuelva a estar toda junta. Hace muchos años que nos estamos todos en el mismo lugar”, dice, mientras atiende la despensa con la que se sostiene la economía familiar. Para sumar, y poder mandarle plata a su hija, además vende leña, y también pan casero.

María Cristina Alvarez tiene 70 años y vive sola en el paraje, en una casa desde la que se ve una pequeña laguna. Ella crió acá a sus cuatro hijos. Todos hicieron el secundario en otro lugar, y ya tienen su vida armada en Jacobacci, y en Roca. En una y otra ciudad, viven sus doce nietos. Cuando quiere verlos, se sube a su auto y va. A veces la visitan, y le traen lana que ella misma hila y teje, al ladito de la cocina a leña que calienta su casa. “Dónde me voy a sentir mejor que acá”, se pregunta ella, que no se imagina su vida fuera de Colan Conhue, como sus hijos, y muchos de los jóvenes que vivieron acá. “Ellos ya no vuelven al paraje”.